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Antiguo Bar La Turria

Antiguo Bar La Turria

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CN-4, 33817, 33817 Sorrodiles, Asturias, España
Bar
10 (1 reseñas)

Un Viaje en el Tiempo: El Legado del Antiguo Bar La Turria

En la pequeña localidad de Sorrodiles, en Cangas del Narcea, se encuentra una fachada que, a primera vista, podría parecer la de uno de tantos bares de pueblo que el tiempo ha dejado atrás. Sin embargo, el Antiguo Bar La Turria es un caso excepcional. Es fundamental aclarar desde el principio que este establecimiento se encuentra permanentemente cerrado al público como negocio en funcionamiento. Quien busque un lugar donde tomar algo o disfrutar de la vida nocturna de la zona no lo encontrará aquí. En su lugar, lo que se ofrece es algo mucho más profundo y singular: una cápsula del tiempo, un museo etnográfico no oficial que preserva con una fidelidad asombrosa el alma de los antiguos chigres-tienda asturianos.

El local cesó su actividad comercial en 1993, pero en lugar de ser desmantelado o reformado, su propietario, Francisco Rodríguez, conocido afectuosamente como "Paquito", tomó la decisión de conservarlo intacto. Cada objeto, desde las botellas en las estanterías hasta la pizarra con los últimos precios anotados en pesetas, permanece exactamente como lo dejó su madre, Joaquina, el último día de trabajo. Esta decisión convierte a La Turria en un testimonio invaluable de una forma de vida rural que ha ido desapareciendo, ofreciendo una ventana directa a la España de finales del siglo XX.

Los Atributos de un Lugar Anclado en la Memoria

Lo que hace especial a La Turria no es lo que ofrece como bar, sino lo que representa como patrimonio. Su valor reside en su autenticidad inalterada, un activo que lo distingue de cualquier otro lugar.

Un Museo Viviente y Personal

El mayor atractivo del Antiguo Bar La Turria es su condición de museo improvisado. Al cruzar su umbral, con el permiso de su dueño, no se entra a un negocio, sino a una escena congelada. Las estanterías de madera todavía albergan paquetes de tabaco de marcas olvidadas, botellas de gaseosa y licores de la época, y productos de ultramarinos que en su día se vendían junto a los vinos y las sidras. La atmósfera está impregnada de historia. No es una recreación; es el escenario real donde transcurrió la vida de la comunidad durante décadas. Para los interesados en la etnografía y la historia social, este lugar es un tesoro de primer orden, mucho más elocuente que cualquier exposición formal.

El Guardián de la Historia: Francisco "Paquito" Rodríguez

La experiencia de La Turria es inseparable de la figura de su propietario. Paquito no es solo el dueño; es el curador, el guía y la memoria viva del lugar. Según el único testimonio público disponible y relatos locales, es una persona con un conocimiento profundo de la historia de la zona y una memoria prodigiosa. Es él quien abre las puertas a los curiosos y comparte las anécdotas que se esconden detrás de cada objeto. La visita se convierte así en una charla personal, un relato transmitido de primera mano por quien vivió y cuidó ese legado. Esta dimensión humana es, sin duda, el punto más fuerte de la experiencia, transformando una simple visita en algo memorable y educativo.

El Significado del Chigre-Tienda

Para entender La Turria, hay que comprender el concepto del chigre-tienda asturiano. Estos establecimientos eran mucho más que simples bares. Funcionaban como el epicentro social y económico de las aldeas. Eran tienda de comestibles, estanco, oficina de correos improvisada, parada de teléfono público y, por supuesto, el lugar de reunión donde los vecinos compartían noticias, cerraban tratos y celebraban la vida. Eran los auténticos bares con encanto, cuyo valor residía en su multifuncionalidad y en su papel como vertebradores de la comunidad. La Turria es uno de los últimos vestigios intactos de esta importante institución social, permitiendo a los visitantes comprender su rol fundamental en el pasado rural.

Aspectos a Considerar: Las Limitaciones de un Tesoro Oculto

A pesar de su inmenso valor cultural, la naturaleza misma del Antiguo Bar La Turria impone una serie de desafíos y puntos débiles para el visitante potencial. Es crucial tenerlos en cuenta para ajustar las expectativas.

No es un Bar Funcional

Debe reiterarse: La Turria está permanentemente cerrado como negocio. No se sirve una cerveza fría, no hay bar de tapas ni se puede entrar a voluntad. Cualquier búsqueda de los mejores bares de Asturias para disfrutar de una consumición debe descartar este lugar. Su propósito es puramente contemplativo y cultural. Esta es su principal "desventaja" desde una perspectiva comercial, aunque es precisamente esta condición la que garantiza su preservación y encanto único.

El Acceso Depende de la Disponibilidad

No existen horarios de apertura ni un sistema de reservas. La posibilidad de visitar el interior del antiguo bar depende enteramente de la suerte de encontrar a su propietario, Paquito, y de su disposición en ese momento para mostrarlo. Si bien su generosidad es conocida, no se puede garantizar el acceso. Esta informalidad, aunque parte de su autenticidad, representa una barrera significativa para quienes deseen planificar un viaje con el propósito específico de conocerlo. No es un destino turístico convencional, sino un hallazgo afortunado.

Ubicación y Visibilidad Limitadas

Situado en una pequeña aldea de Cangas del Narcea, llegar a Sorrodiles requiere un desplazamiento deliberado. Su remota ubicación lo aleja de los circuitos turísticos habituales. Además, su presencia en internet es mínima, limitándose a su ficha en mapas y algún artículo de blog. Esta falta de visibilidad hace que, para la gran mayoría, La Turria siga siendo un secreto bien guardado, un tesoro que muchos interesados en la cultura asturiana nunca llegarán a descubrir.


En Resumen

El Antiguo Bar La Turria es una paradoja fascinante. Como bar, es un fracaso porque no existe. Como monumento a la memoria, es un éxito rotundo. No compite con un moderno cocktail bar ni con locales de moda; juega en una liga completamente diferente, la de la preservación del patrimonio inmaterial. Es un destino no para el consumidor, sino para el explorador cultural, el nostálgico y el historiador aficionado. La visita, si se logra, no ofrece una bebida, sino una lección de historia contada por su mejor protagonista. Es un recordatorio tangible del papel crucial que los bares de pueblo jugaron en la construcción de la identidad comunitaria, un legado que, gracias a la dedicación de su guardián, se niega a desaparecer en el olvido.

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