Bar Avenida
AtrásEl Bar Avenida, hoy cerrado permanentemente, fue durante años una parada casi obligatoria para los peregrinos y locales en la Calle Méndez Valledor de Grandas de Salime. Su legado, sin embargo, es una compleja mezcla de recuerdos polarizados que pintan el retrato de un negocio con dos caras muy distintas. Para algunos, fue el lugar de la mejor comida del Camino Primitivo, un refugio de sabores auténticos y trato cercano; para otros, una experiencia marcada por un servicio desagradable y una calidad cuestionable que desentonaba con la hospitalidad asturiana.
Un Refugio Culinario para el Peregrino Cansado
En el lado positivo del espectro, las alabanzas al Bar Avenida se centraban en su cocina, descrita por algunos clientes como la mejor de toda su travesía. La fabada, en particular, era la estrella indiscutible, calificada como "increíble" y "buenísima". Hay testimonios de viajeros que afirmaban que solo por volver a probar esa fabada, merecía la pena repetir el camino. Este plato representaba la esencia de la comida casera asturiana, un bálsamo reconfortante después de una dura jornada de caminata. Además de la fabada, algunos clientes destacaban la tortilla de patatas y la amabilidad del dueño, a quien describían como "encantador" y "sobresaliente", haciendo de su local uno de los bares más recomendables de la ruta. Se presentaba como uno de esos bares baratos donde el menú del día, a un precio económico de unos 10 euros, ofrecía una comida contundente y tradicional.
La Cara Amarga: Un Trato que Dejaba que Desear
Sin embargo, una notable cantidad de opiniones dibuja una realidad completamente opuesta. El punto más criticado, y que aparece de forma recurrente, era el trato dispensado por el propietario. Calificativos como "horrible", "desagradable", "pesetero" y "suspicaz" se repiten en las reseñas de múltiples clientes. Estas críticas sugieren que la amabilidad no era consistente y que la experiencia podía variar drásticamente de un día para otro o de un cliente a otro. El incidente más grave y detallado en varias ocasiones involucraba a peregrinos acompañados de sus perros. Varios clientes relataron cómo, tras sentarse en los bares con terraza como este, se les reprendió duramente por dar parte de su comida a sus animales. La frase "yo no cocino para perros", atribuida al dueño, resonó como una muestra de falta de humanidad para viajeros que compartían su esfuerzo con sus mascotas tras caminar hasta 30 kilómetros.
Deficiencias en la Oferta Gastronómica y de Servicios
Más allá del trato personal, la comida también recibía duras críticas que contrastaban frontalmente con las alabanzas. El "Menú peregrino" es descrito como muy limitado, sin opciones para elegir. La calidad de los platos era inconsistente; la misma tortilla que unos elogiaban, otros la calificaban de "lamentable" o "de colegio". Se criticaba que las raciones eran "muy justas" y que los postres, como un simple yogur, no estaban a la altura de las ofertas de otros establecimientos del Camino que por el mismo precio servían postres caseros como arroz con leche o tarta de queso. A estas quejas se sumaban inconvenientes prácticos, como la no aceptación de pagos con tarjeta, un problema considerable para los viajeros que no siempre llevan efectivo encima. Estas deficiencias hacían que algunos clientes recomendaran activamente buscar otras opciones en Grandas de Salime, mencionando alternativas cercanas que incluso ofrecían opciones veganas, demostrando una mayor adaptación a las necesidades del peregrino moderno.
El Legado de un Bar de Contrastes
El Bar Avenida funcionaba como una especie de lotería para el peregrino: se podía ganar una comida memorable o una de las peores experiencias del Camino. Su estructura era la de un bar tradicional, sin lujos, lo que para muchos formaba parte de su encanto. Sin embargo, la inconsistencia en el servicio y la calidad, junto con una aparente rigidez en su gestión, parecen haber pesado más en la balanza. Hoy, con sus puertas ya cerradas, el recuerdo del Bar Avenida sirve como un caso de estudio sobre la importancia de la hospitalidad en una ruta tan emblemática como el Camino de Santiago. Demuestra que, aunque se ofrezca una buena fabada, un mal gesto o un servicio deficiente pueden arruinar la reputación que tanto cuesta construir, especialmente en una comunidad que vive del constante fluir de nuevos visitantes que confían en las experiencias de quienes les precedieron.