El Mesón de Paca y Tola
AtrásEl Ascenso y Caída de un Bar en un Enclave Privilegiado
El Mesón de Paca y Tola ya no sirve cafés ni bocadillos. Su estado actual, cerrado permanentemente, marca el final de lo que fue una parada casi obligatoria para miles de visitantes en Asturias. Situado en un punto geográfico de incalculable valor comercial, justo al final de la popular ruta de la Senda del Oso, este establecimiento representa un caso de estudio sobre cómo una ubicación excepcional no siempre es suficiente para garantizar el éxito. La historia de este bar, contada a través de las experiencias de sus clientes, es una de contrastes, con momentos de servicio elogiable ahogados por una marea de críticas sobre el trato, el mantenimiento y la gestión.
La principal, y quizás única, gran fortaleza de este mesón era su localización. Para cualquiera que completara la Senda del Oso, a pie o en bicicleta, su terraza aparecía como un oasis. Era el lugar lógico para reponer fuerzas, tomar una cerveza fría o comer algo antes de dar por concluida la jornada. Las reseñas más antiguas, como una de hace cinco años, reflejan este potencial, describiéndolo como un "lugar tranquilo y buenas vistas", con un "trato estupendo". En sus mejores días, El Mesón de Paca y Tola cumplía con la función básica de cualquier bar de carretera o de ruta: ofrecer un respiro merecido al viajero cansado.
Un Servicio de Dos Caras
Sin embargo, la experiencia del cliente parece haber sido una lotería. La inconsistencia en el servicio es el tema más recurrente y dañino en las valoraciones que dejaron sus últimos visitantes. Por un lado, encontramos relatos que ensalzan la labor de su personal, o más bien, de una parte de él. Una clienta destaca el trabajo de una camarera llamada María, quien, a pesar de estar sola manejando una gran afluencia de gente, lo hacía con amabilidad y una eficiencia notable. Este tipo de empleados son el pilar de cualquier negocio de hostelería, capaces de salvar una jornada complicada. Otro cliente menciona que, aunque había que esperar un poco por la falta de personal, la única camarera en la barra atendía "muy rápido y bien", y que los bocadillos que servía tenían una "pinta muy buena", un punto a favor para un local que debería especializarse en tapas y raciones rápidas para excursionistas.
Lamentablemente, estos destellos de buen hacer se ven completamente eclipsados por una abrumadora cantidad de experiencias negativas. Varios clientes relatan haber recibido un trato pésimo, llegando a describir al personal como maleducado y hostil. Un visitante cuenta cómo, al preguntar por la posibilidad de desayunar y pagar con tarjeta, recibió un "NO rotundo" gritado y de "muy malas maneras". Esta falta de cortesía básica es inaceptable en un negocio cara al público y un factor disuasorio inmediato. El servicio de bar no solo consiste en servir bebidas, sino en crear un ambiente acogedor, algo que, según parece, fallaba estrepitosamente en muchas ocasiones.
La Polémica de los Aseos y el Estado de las Instalaciones
Uno de los puntos más críticos y reveladores sobre la gestión del mesón era su política con los aseos. Según una reseña detallada, se cobraban 0,50 euros por usar el baño a quienes no eran clientes, una práctica que, aunque no es ilegal, fue comunicada de forma desagradable. La situación empeoró cuando, incluso después de realizar una consumición —un refresco a un precio considerado elevado de 2,50 euros—, el trato siguió siendo hostil y el estado del aseo era "asqueroso y casi sin papel". Este tipo de detalles son fatales para la reputación. Un baño sucio y un trato displicente por una necesidad básica transmiten una imagen de abandono y falta de respeto hacia el cliente que es muy difícil de remontar. Es un indicativo de que la prioridad no era el bienestar del visitante, sino la recaudación a corto plazo.
Este abandono no se limitaba a los baños. Una de las reseñas más positivas hacia la camarera María es también una de las más críticas con el local en sí. Lo describe como "muy dejado", y menciona la presencia de una piscina en un estado lamentable, que "da repelús". Esta imagen de dejadez generalizada choca frontalmente con la belleza del entorno natural. Un bar con terraza en un paraje así debería ser una joya, un lugar cuidado que invite a quedarse. En cambio, El Mesón de Paca y Tola parecía sufrir una falta de inversión y mantenimiento crónicos, lo que sin duda afectaba al ambiente del bar y a la percepción general de los clientes.
El Veredicto Final del Público y el Cierre
La calificación promedio del negocio, un bajo 2.7 sobre 5, es el reflejo matemático de esta dualidad de experiencias, donde las negativas pesan mucho más. Para un negocio que depende del turismo y de las recomendaciones, una reputación así es insostenible. Los clientes potenciales que buscan en internet los mejores bares de la zona para terminar su excursión se encontrarían con un muro de advertencias que les animarían a continuar hasta el pueblo más cercano, como de hecho recomendaba una de las usuarias.
El cierre permanente de El Mesón de Paca y Tola no es, por tanto, una sorpresa. Es la consecuencia lógica de ignorar las bases de la hostelería: un servicio amable y constante, unas instalaciones limpias y cuidadas, y una gestión que ponga al cliente en el centro. Su historia deja una lección importante: de nada sirve tener un local en el punto más estratégico si la experiencia que se ofrece dentro es deficiente. El enclave sigue ahí, esperando que quizás, en el futuro, otro emprendedor decida aprovechar la oportunidad, habiendo aprendido de los errores que llevaron a este mesón a bajar la persiana para siempre.