El Penicilino
AtrásHay lugares que trascienden su función para convertirse en parte del alma de una ciudad, y El Penicilino era, sin duda, uno de ellos en Valladolid. Hablar de este establecimiento en presente es imposible, y ese es precisamente su principal punto negativo: su cierre definitivo en 2020 dejó un vacío irremplazable en la Plaza de la Libertad y en el corazón de varias generaciones de vallisoletanos. La demolición del edificio que lo albergó durante casi 150 años para construir viviendas puso fin a una era, convirtiendo lo que fue un punto de encuentro vibrante en un recuerdo nostálgico. Para cualquiera que busque hoy este bar, la mala noticia es que ya no lo encontrará.
Sin embargo, analizar lo que fue El Penicilino es entender por qué su pérdida fue tan lamentada. No era un bar de copas moderno ni una cervecería con la última novedad artesanal; era algo mucho más profundo. Su identidad residía en su autenticidad casi anacrónica. Las paredes, cargadas de fotos antiguas, carteles de eventos culturales y estanterías de madera verde repletas de botellas polvorientas, contaban historias. El suelo de madera que crujía a cada paso y su característica barra en forma de 'U' creaban una atmósfera bohemia y acogedora que era difícil de replicar. Este no era un lugar de paso, era un destino, uno de los bares con encanto más genuinos que se podían encontrar.
La experiencia insignia: El 'Peni' y la 'Zapatilla'
El principal atractivo y ritual obligado para todo visitante era pedir la combinación que le dio fama: un "penicilino" con su "zapatilla". Lejos de ser un cóctel complejo, el "penicilino" era un vino dulce, un tostadillo o mistela, servido en un pequeño vaso de cristal. Su nombre, según cuenta la leyenda urbana, fue acuñado por estudiantes de medicina en la posguerra, que con humor comparaban los efectos reconfortantes del licor con los del revolucionario antibiótico. Era una bebida sencilla, sin pretensiones y a un precio muy asequible.
El acompañamiento inseparable era la "zapatilla", un mantecado de Portillo, localidad cercana a Valladolid. Este dulce, de forma alargada y cubierto de azúcar, recibía su apodo por su parecido con las alpargatas blancas. La costumbre era mojar la zapatilla en el vino dulce, una combinación simple que encapsulaba la esencia del lugar: tradicional, local y reconfortante. Era la antítesis de la gastronomía moderna, y precisamente por eso, un éxito rotundo. Para muchos, tomar algo en El Penicilino significaba participar en este rito inalterable.
Más que un negocio: Un centro social y cultural
Uno de los aspectos más positivos y diferenciadores de El Penicilino era su gestión y su papel en la comunidad. Durante sus últimas décadas, el bar fue gestionado por una cooperativa de nueve socios, un modelo que evitaba la jerarquía tradicional de jefe y empleados y fomentaba un ambiente de camaradería que se transmitía a la clientela. Esta filosofía se reflejaba en su apertura a la cultura y a las causas sociales. Sus paredes servían de sala de exposiciones para artistas locales, y era común que el local acogiera tertulias, presentaciones o actuaciones musicales. Era un foco cultural vivo, un lugar de encuentro para intelectuales, estudiantes, artistas y familias por igual.
Su inmensa terraza de bar, que se extendía por la peatonal Plaza de la Libertad, era otro de sus grandes activos. Aunque funcionaba con un sistema de autoservicio que podía no ser del gusto de todos, siempre estaba abarrotada. Se convertía en un hervidero de vida donde se mezclaban todo tipo de personas, desde jubilados jugando la partida por la mañana hasta jóvenes iniciando la vida nocturna de la ciudad. Era un espacio democrático y accesible, un reflejo de la diversidad de Valladolid.
El inevitable final y su legado
El punto flaco de El Penicilino, visto en retrospectiva, fue su propia ubicación. El mal estado del edificio, declarado parcialmente en ruinas, hizo inevitable su derribo. A pesar de las negociaciones y una fiesta de despedida multitudinaria en febrero de 2020, que finalmente se prorrogó unos meses, el cierre se materializó en septiembre de ese mismo año. El principal aspecto negativo, por tanto, es su inexistencia actual y la pérdida de un patrimonio social invaluable. Para un turista o un nuevo residente, la frustración de leer sobre un lugar tan icónico y no poder visitarlo es considerable.
El Penicilino no era perfecto según los estándares modernos. Podría ser visto como un lugar viejo, con un servicio de terraza peculiar y una oferta limitada a su famoso combinado. Sin embargo, sus puntos fuertes superaban con creces cualquier posible carencia. Era uno de los mejores bares de Valladolid no por su carta, sino por su alma. Su valor residía en ser un testigo de la historia, un catalizador cultural y un espacio donde todos se sentían bienvenidos. Aunque la piqueta se llevó el edificio, la memoria de El Penicilino, sus vinos dulces y sus zapatillas, permanece como un capítulo imborrable en la historia social de Valladolid.