El plaza de indautxu
AtrásEl Plaza de Indautxu, ubicado en la calle Santimami Zumarkalea, ha sido durante años un punto de referencia para quienes buscaban una propuesta gastronómica honesta y asequible en Bilbao. Aunque actualmente figura como cerrado permanentemente, su legado, cimentado en las opiniones de cientos de clientes, merece un análisis detallado. Este establecimiento no competía en la liga de la alta cocina, sino que jugaba un papel fundamental y cada vez más valorado: el de ser un bar de barrio fiable, con una oferta de cocina casera que resolvía el día a día de muchos y ofrecía un refugio agradable para comidas sin pretensiones.
El Menú del Día como Pilar Fundamental
El principal atractivo que se desprende de la mayoría de las experiencias compartidas por sus antiguos clientes era, sin duda, su menú. En una ciudad con una oferta gastronómica tan amplia y a menudo costosa, El Plaza de Indautxu se posicionaba como uno de los restaurantes económicos más sólidos de la zona. Los precios, que rondaban los 14 euros en días laborables y ascendían a unos 16 o 17 euros durante los fines de semana o festivos, eran considerados por muchos como un auténtico chollo. Esta política de precios asequibles, incluso durante eventos de gran afluencia como la Aste Nagusia, lo convertía en una opción inteligente y recurrente.
La oferta culinaria se centraba en platos tradicionales y reconocibles, ejecutados con solvencia. Entre los más elogiados se encontraban:
- Platos de cuchara: Las alubias cremosas, los garbanzos y las patatas a la riojana recibían comentarios muy positivos, destacando su sabor auténtico y reconfortante, ideal para quienes buscan sabores de siempre.
- Pescados y carnes: La lubina fresca y el bacalao ajoarriero son mencionados como ejemplos de buena ejecución, mientras que el codillo se describía como tierno y sabroso. Estos platos demuestran que un bar con menú del día puede ofrecer calidad sin inflar los precios.
- El pan: Un detalle que no pasaba desapercibido era la calidad del pan, un complemento que muchos comensales destacaban y que suma puntos a la experiencia global.
Sin embargo, la consistencia no era siempre perfecta. Algunos clientes señalaron fallos puntuales que, aunque no empañaban la valoración general, sí deben ser mencionados para ofrecer una visión completa. El entrecot, por ejemplo, fue descrito en una ocasión como un filete sencillo, una crítica que el propio personal pareció reconocer. En otra, un plato de guisantes con jamón llegó a la mesa quemado, y las patatas fritas que acompañaban al pollo asado fueron calificadas de mejorables, echando en falta un punto más crujiente. Estos detalles sugieren que, si bien la base de su cocina era sólida, la presión del servicio o la variabilidad en la despensa podían afectar al resultado final de algunos platos.
Un Servicio que Marcaba la Diferencia
Más allá de la comida, un factor que elevaba la experiencia en El Plaza de Indautxu era su personal. El servicio era descrito de forma recurrente como atento, amable, rápido y profesional, incluso con el local lleno. En el competitivo mundo de los bares en Bilbao, donde el trato puede ser a veces impersonal y apresurado, este establecimiento lograba crear un vínculo con su clientela. La amabilidad y el buen humor de los camareros eran agradecidos y recordados.
Dentro de este buen hacer general, emerge una figura casi legendaria en las reseñas: un camarero llamado LuisMi. Las alabanzas hacia su trabajo son extraordinarias, describiéndolo como un "pedazo de profesional" atento, diligente, educado y resolutivo. Su capacidad para manejar los comedores en solitario, atender a todo el mundo con una sonrisa y hasta ofrecer soluciones para imprevistos, como una mancha en la ropa de un cliente, lo convirtieron en el alma del lugar para muchos. Este tipo de servicio personalizado es lo que transforma un simple bar en un lugar al que se desea volver, generando una lealtad que va más allá del precio o del menú.
El Ambiente y las Instalaciones
El Plaza de Indautxu ofrecía la dualidad característica de muchas tascas y establecimientos hosteleros de la ciudad. Por un lado, funcionaba como un lugar de paso para tomar algo rápido, como los tradicionales "zuritos". Por otro, disponía de un comedor interior para comidas más formales. Este comedor, situado en una planta inferior, era pequeño, con pocas mesas, pero descrito como cómodo, limpio y agradable, contando además con aire acondicionado, un extra valorado en los días calurosos.
Esta configuración permitía mantener un ambiente de bar animado en la zona de la barra, mientras se ofrecía un espacio más tranquilo para quienes optaban por el menú. La ubicación, a un paso de la plaza Indautxu y con buena conexión de metro y parking cercanos, era otro punto a su favor, facilitando el acceso tanto para los trabajadores de la zona como para visitantes.
Aspectos a Mejorar y de una Etapa
Si bien los puntos fuertes eran claros, había áreas donde la experiencia era más modesta. Los postres, por ejemplo, eran calificados como "normalitos". Platos como la cuajada, el tiramisú o la tarta contesa cumplían su función, pero sin la brillantez de los platos principales. Eran correctos, pero no el motivo principal para visitar el lugar. Esta es una característica común en muchos locales enfocados en ofrecer un menú para comer barato, donde los esfuerzos se concentran en los primeros y segundos platos.
En retrospectiva, El Plaza de Indautxu representaba un modelo de negocio hostelero esencial. No aspiraba a la innovación ni a la sorpresa, sino a la fiabilidad. Su éxito se basó en una fórmula clara: comida casera reconocible, precios muy competitivos y un servicio humano y cercano que hacía que los clientes se sintieran bien atendidos. Su cierre deja un vacío para aquellos que buscaban precisamente eso, un lugar honesto donde comer bien sin que el bolsillo sufriera. Fue un claro ejemplo de cómo un bar puede convertirse en una pieza importante del tejido social y gastronómico de un barrio, un rol que, a través del recuerdo de sus clientes, ha quedado bien documentado.