Mirador La Cilla
AtrásUbicado en el punto más alto de Gran Canaria, el Mirador La Cilla en Artenara se presentaba como una propuesta única: un bar excavado directamente en la roca de la montaña, prometiendo no solo un refugio del calor, sino vistas panorámicas que cortaban la respiración. Sin embargo, este establecimiento, que ha sido un punto de referencia visual y de interés, se encuentra actualmente marcado como cerrado permanentemente. Analizar su trayectoria a través de las experiencias de sus clientes revela una historia de contrastes, donde un potencial inmenso chocaba con una ejecución deficiente.
El Atractivo Indiscutible: Un Balcón a la Caldera
El punto fuerte y la razón principal por la que decenas de visitantes se desviaban hasta Artenara era, sin duda, su localización. Todos los testimonios, desde los más satisfechos hasta los más críticos, coinciden en un aspecto: el enclave es espectacular. Para llegar al comedor principal o a la terraza, los clientes debían atravesar un pasadizo excavado en la montaña, una experiencia que ya de por sí generaba expectación. Al final del túnel se abría un mirador con una panorámica impresionante del valle y las formaciones montañosas de la isla. Este factor sorpresa, combinado con la posibilidad de comer o tomar algo literalmente dentro de una cueva, convertía la visita en una experiencia memorable a nivel visual.
Los clientes describen el lugar como "idílico", "mágico" y "fantástico", especialmente para disfrutar de la puesta de sol. La sensación de estar en una mesa elevada, integrada en la propia roca, ofrecía una conexión única con el paisaje. Este era el gran valor del Mirador La Cilla, un bar con vistas que llevaba el concepto a otro nivel. La terraza permitía disfrutar de una cerveza fría mientras se contemplaba una geografía imponente, un plan que por sí solo justificaba el viaje para muchos.
La Cara Amarga: Cuando el Servicio No Acompaña
Lamentablemente, el espectacular escenario a menudo se veía empañado por un servicio que múltiples clientes calificaron de caótico y deficiente. Las críticas negativas son recurrentes y detallan un patrón de problemas que apunta a una mala gestión y una posible falta de personal. Una de las quejas más graves y repetidas es el tiempo de espera. Varios comensales reportaron esperas de más de 30 y 40 minutos simplemente para ser atendidos o para que les tomaran nota de las bebidas. En un caso extremo, un cliente relató cómo un camarero, visiblemente agobiado, abandonó su puesto de trabajo en mitad del servicio.
Estas situaciones generaban una atmósfera de frustración que deslucía por completo el encanto del lugar. Se menciona que en ocasiones había un único camarero intentando cubrir todas las mesas, tanto interiores como exteriores, una tarea a todas luces imposible que resultaba en mesas desatendidas y un servicio extremadamente lento. Este caos operativo se convertía en el principal detractor de la experiencia, transformando lo que debía ser un ambiente relajado en una prueba de paciencia.
La Lotería de la Cocina
La calidad de la comida es otro de los puntos de fuerte discordia. Mientras algunos clientes la describen como "buena" o "deliciosa", otros la tachan de "mediocre", "normal" o directamente "horrible". Esta inconsistencia sugiere una falta de estándares en la cocina. Entre las críticas más duras se mencionan platos que no cumplían con lo prometido, como croquetas congeladas vendidas como caseras, papas frías o un queso que parecía simplemente fundido en el microondas en lugar de preparado a la parrilla.
El incidente más preocupante relatado por una clienta fue recibir un plato de secreto de cerdo crudo, lo que la llevó a abandonar el local. Estas experiencias negativas con las tapas y raciones contrastan con las de otros que disfrutaron de la comida, lo que indica que comer en La Cilla era una apuesta incierta. Además, se reportaron problemas estructurales, como un intenso olor a cocina y humo de la brasa que llegaba a impregnar la zona de la terraza, afectando negativamente la comodidad de los comensales.
Un Cierre con Contexto
La situación de cierre permanente del establecimiento parece ser el desenlace de una serie de problemas que iban más allá del servicio diario. Informaciones publicadas en 2022 ya apuntaban a un conflicto legal entre el Cabildo de Gran Canaria, propietario del bien insular, y el concesionario que explotaba el restaurante. El Cabildo inició trámites judiciales para recuperar la posesión del local una vez finalizado el contrato de concesión, a lo que el empresario se oponía. Esta disputa legal, sumada a las evidentes dificultades operativas reflejadas en las opiniones de los clientes, podría explicar el cese definitivo de la actividad.
el Mirador La Cilla fue un bar con un potencial extraordinario, bendecido con una de las ubicaciones más privilegiadas de la isla. Su concepto de restaurante-cueva con vistas panorámicas era un imán para turistas y locales. Sin embargo, su legado es una lección sobre cómo un entorno inmejorable no es suficiente si no va acompañado de una gestión competente, un servicio atento y una oferta gastronómica consistente. La memoria que deja es la de un lugar que pudo ser legendario, pero que se quedó a medio camino, dejando tras de sí un reguero de experiencias tan espectaculares como decepcionantes.