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Taberna El Trole/arrantzale

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Rúa do Barón, 2, bajo, 36002 Pontevedra, España
Bar Bar de tapas Restaurante
8.6 (126 reseñas)

En el entramado de callejuelas que conforman la zona monumental de Pontevedra, donde la piedra y la historia se funden, se encuentra un establecimiento que desafía las expectativas del caminante habitual. Situado en la Rúa do Barón, 2, muy cerca del imponente Parador de Turismo, la Taberna El Trole/arrantzale se presenta no como uno más de los típicos bares gallegos de la zona, sino como una propuesta híbrida y curiosa que merece ser analizada con detenimiento. No es el clásico mesón de raciones estandarizadas, ni tampoco una cafetería al uso; es un punto de encuentro gastronómico donde convergen tradiciones dispares, creando una identidad propia que, para bien o para mal, no deja indiferente a quien cruza su umbral.

Una fusión inesperada en el casco antiguo

Lo primero que llama la atención de este local es su nombre compuesto: El Trole/arrantzale. Para el conocedor de lenguas peninsulares, el término "Arrantzale" evoca inmediatamente las costas del País Vasco, significando "pescador" en euskera. Esto podría llevar a pensar en una carta dominada exclusivamente por pintxos donostiarras o bacalao al pil-pil. Sin embargo, la realidad de este comercio es mucho más ecléctica. Si bien existen guiños a esa cocina del norte, como su aclamado pastel vasco, la oferta culinaria da un giro sorpresivo hacia latitudes mucho más lejanas, incorporando elementos de la cocina venezolana y latina que se han convertido, paradójicamente, en sus mayores fortalezas.

Este mestizaje culinario es lo que define la experiencia. En una ciudad donde la ruta de bares suele estar marcada por la tortilla, los pimientos de Padrón y la empanada, encontrar un lugar donde las arepas y los tequeños comparten carta con la oreja cocida y las zamburiñas es, cuanto menos, refrescante. Es un establecimiento que parece haber nacido de la historia personal de sus regentes, mezclando orígenes y sabores sin complejos, ofreciendo una alternativa para aquellos paladares que buscan salir de la monotonía de la tapa tradicional gallega sin abandonar el ambiente relajado de una taberna.

Luces y sombras de la carta: Lo que debes pedir

Al analizar la oferta gastronómica de la Taberna El Trole/arrantzale, es vital diferenciar entre sus grandes aciertos y sus puntos débiles, ya que la satisfacción del cliente dependerá en gran medida de su elección. Basándonos en la experiencia acumulada de sus visitantes, hay platos que brillan con luz propia y justifican la visita por sí solos.

El triunfo de la masa frita: Arepas y Tequeños

Curiosamente, en este rincón pontevedrés con nombre vasco, la estrella indiscutible parece ser la arepa. Los comensales coinciden en señalar que la ejecución de este plato es sobresaliente. A diferencia de las versiones asadas más secas que se encuentran en otros locales, aquí se apuesta a menudo por una masa frita que logra esa textura soñada: crujiente por fuera y esponjosa por dentro. Los rellenos, que varían desde opciones de pollo hasta combinaciones vegetales, son descritos como jugosos y sabrosos. Es, sin duda, el plato que salva la cena y sorprende a quienes entran sin saber qué esperar.

En la misma línea se encuentran los tequeños, esos dedos de queso envueltos en masa que han conquistado los bares de toda España. Aunque algún cliente ha reportado inconsistencias en la cocción en momentos de mucho ajetreo, por norma general son un acompañamiento cumplidor y sabroso, ideal para compartir mientras se disfruta de una cerveza fría o una copa de vino.

La sección dulce: Un final memorable

Otro de los puntos fuertes del comercio es su repostería. Aquí es donde la dualidad del local vuelve a brillar. Por un lado, ofrecen un pastel vasco que hace honor al nombre del establecimiento, recomendado encarecidamente por quienes lo han probado. Por otro lado, el pastel de tres leches se lleva los aplausos de los amantes del dulce extremo. Descrito como una "maravilla" cargada de azúcar, es el cierre perfecto para quienes no temen a un postre contundente y casero. Estas opciones demuestran que hay cariño en la cocina, especialmente en lo que respecta a la elaboración de masas y postres.

La controversia del producto gallego

No obstante, no todo son luces en esta taberna. Al estar ubicada en Pontevedra, una plaza exigente donde el marisco y el pulpo son casi religión, las comparaciones son inevitables y, a veces, odiosas. Es aquí donde el comercio presenta sus mayores debilidades según la opinión pública.

El pulpo á feira, plato insignia de Galicia, es el que más críticas ha suscitado. Varios clientes han reportado una textura "chiclosa" y un precio elevado (rondando los 19 euros) que no se corresponde con la calidad percibida, especialmente cuando no se indica claramente en la carta. En una ciudad repleta de bares especializados en pulpo, fallar en este plato es un riesgo considerable. Del mismo modo, las zamburiñas han generado debate; aunque el personal es honesto al admitir que son congeladas —un gesto de transparencia que se agradece—, la preparación a veces no alcanza el estándar que un local en las Rías Baixas debería mantener, con reportes puntuales de cocción insuficiente.

La oreja, otro clásico de los bares de tapas, se sirve aquí cocida con pimentón. Aunque correcta, algunos comensales echan en falta un paso por la plancha para potenciar su sabor y textura, sugiriendo que la cocina, aunque voluntariosa, a veces peca de excesiva sencillez en los platos tradicionales locales.

Ambiente y Servicio: La honestidad por bandera

El local en sí ofrece un ambiente tranquilo, especialmente fuera de la temporada alta de verano. Su ubicación en la Rúa do Barón le permite estar en el meollo de la zona vieja pero ligeramente apartado del bullicio masivo de las plazas principales, lo que lo convierte en un buen refugio cuando los restaurantes más famosos de los alrededores están colapsados. No es un lugar de lujo, sino un espacio funcional y sencillo.

El servicio es, en general, uno de los activos del negocio. Las reseñas destacan la amabilidad del personal, dispuesto a recomendar vinos —como un buen Godello de Ourense— y a guiar al cliente por la carta. Esa honestidad mencionada anteriormente, al avisar sobre el origen de los productos o recomendar las especialidades de la casa por encima de los platos más típicos, crea un vínculo de confianza. Sin embargo, como ocurre en muchos negocios familiares, en momentos de máxima afluencia el servicio puede ralentizarse, y la atención al detalle, como la disponibilidad de precios visibles para todos los ítems, es un aspecto que tiene margen de mejora.

Horarios y Consejos Prácticos

Para quienes deseen visitar la Taberna El Trole/arrantzale, es importante tener en cuenta sus horarios partidos, típicos de la hostelería española. Abren desde primera hora de la mañana para ofrecer desayunos, cierran a media tarde y vuelven a abrir para el servicio de cenas hasta la medianoche. Es un lugar versátil que funciona tanto para un café matutino como para una cena informal de picoteo.

Si planeas una visita, la recomendación es clara: déjate llevar por la fusión. Ignora la tentación de pedir lo que pedirías en cualquier otro mesón gallego y apuesta por lo que hace único a este lugar. Pide un vino recomendado por la casa, comparte unas arepas y unos tequeños, y cierra con un postre casero. Si buscas la excelencia en marisco fresco, quizás haya otras opciones más especializadas en el puerto, pero si buscas un trato cercano, sabores reconfortantes y una mezcla cultural genuina en el entorno de los bares del casco viejo, este local tiene su encanto particular.

La Taberna El Trole/arrantzale es un ejemplo de la realidad hostelera actual: negocios que luchan por encontrar su identidad en un mercado competitivo. No es el mejor restaurante de Pontevedra, ni pretende serlo, pero ofrece una alternativa honesta y sabrosa para quienes saben qué pedir. Sus debilidades en los clásicos gallegos se ven compensadas por una mano experta en la cocina latina y la repostería, y un servicio humano que trata de agradar. Es un sitio para ir sin prejuicios, dispuesto a disfrutar de una arepa bien hecha con una copa de vino gallego, en una de esas extrañas y felices coincidencias que solo ocurren en las ciudades con historia.

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